Carta Mi propio enemigo

09.06.2020

Mí condena no se encontraba en la escritura. Creí que el lenguaje poético y narrativo lo era. Al final me dí por enterado. Mis habilidades creativas con las letras no estaban involucradas.

Desde mí estado como alma presencié. Mí propia escena del crimen. Me indicó varias pistas. Mí cuerpo tendido en el suelo con una bala en la cabeza. Esto resultó ser una razón para suponer un suicidio. Además los libros de filosofía estaban encima de la mesa. La radio encendida y a todo volumen. Varios periódicos de la región con noticias trágicas. Todo estaba involucrado.

Todo indicaba que la condición humana había decaído. Aquella que me hizo consciente de la realidad. Al parecer no soporté la presión. Aunque no fuí consciente del arma en mí cabeza. Según lo veo no fuí yo.

El Santiago que escribe ésto no realizó su suicidio. Fue el otro quién de manera desprevenida me atacó. Esperó que yo estuviera hundido. Arremetió contra mí. Me disparó a traición. La bala detrás de mi cabeza lo aseguraba.

Ese Santiago fue el que me asesinó. Quién provocó mi suicidio. Quién decidió ser un asesino. Me llevó consigo y nunca me dí por enterado. Tal vez sí lo sabía. Posiblemente detecté su accionar.

Estaba seguro que no iba a jalar el gatillo. Me conocía bien. Siempre se me había reconocido como cobarde. Alguien que tenía miedo a la muerte.

Concluí que yo sí era un cobarde. Ese Santiago asesino nunca lo fue. Siempre tuvo el deseo de acabar conmigo. Provocar mí suicidio. Provocar mí desaparición.


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